
Recuerdo con nostalgia aquella primera media maratón en Ávila, un gran reto al que enfrentarse, fueron una hora y cuarenta y siete minutos de felicidad, muy tranquilo al principio, tal vez demasiado, y disfrutando y corriendo como un loco a partir del kilómetro nueve.
Unos años más tarde, las medias no me llaman, reconozco no haber corrido ninguna de las clásicas, no he trotado por el frío de Getafe ni sufrido en las cuestas de Fuencarral, no se me ha ocurrido correr la media de Madrid y Santa Pola está muy lejos.
Pero es “la Tragamillas ”, nuestra carrera, esa a la que mis compañeros de club y yo mismo dedicamos un tiempo que no tenemos para que salga bien y todos los corredores acaben contentos, cada uno aporta su granito de arena, unos playas enteras y otros, entre los que me incluyo, pequeños parques infantiles. Una carrera muy especial porque se corre en las calles de mi pueblo, porque según pasan los kilómetros encuentras conocidos en cada esquina, porque toda la familia está pendiente, porque a Fernando le hace muchísima ilusión hacer un 1:28, porque este año homenajeamos a un compañero que no la podrá volver a correr, porque… son tantos los motivos que al final he decidido que habrá que batirse el cobre y sentir de nuevo como las pulsaciones se elevan y como los kilómetros pasan despacio a pesar de no haber ido nunca tan rápido.