Somos pura evolución, movimiento continuo, aunque a veces se nos olvide. Nos creemos un hito en pleno monte cuando no tenemos más arraigo que las hojas que se agitan al comienzo del otoño. Por eso, muchas veces necesitamos ver una vieja foto olvidada en medio de un libro a modo de marcapáginas, para ser conscientes de cómo todo lo que nos rodea en esa descolorida estampa nos ha ido abandonando: nuestros propios rasgos juveniles, ese pantalón tan pasado ya de moda, aquella camiseta no tan moderna ni tan bonita como nos lo parecía entonces…
El tiempo pasa… la vida es un círculo incompleto que vamos cerrando inexorablemente a modo de Enzo. Aunque a veces no queramos reconocerlo e intentemos soslayarlo, completamos invisibles etapas que van cerrando esa circunferencia etérea que es nuestra vida.
No era todavía un corredor de asfalto y ya estaba triscando por los montes. Me parecía durísimo completar apenas quince kilómetros de toboganes y he llegado a acabar distancias que creí imposibles. Afrontaba carreras vertiginosas con la fuerza del corazón para terminar haciendo recorridos en los que pesaba más la cabeza y la organización. Recuerdo las miradas de los que nos llamaban ‘locos’ finalmente subyugados por la misma enajenación de los trayectos de montaña. ¿Quién es capaz de tirar la primera piedra ahora?
Lesiones, lluvias, vientos a veces huracanados, esguinces, sinsabores, sufrimientos más allá del límite, nieves, hielos, cansancio ya desde el primer paso, golpes, caídas,... sangre, sudor y, a veces, lágrimas, algunas de rabia y otras de impotencia.
Pero también días de sol y gloria, sensaciones puras, intensas, escalofríos de gozo, endorfinas, saltos que nos llevan casi al cielo… y un muy buen puñado de amigos, a veces y según las situaciones, casi hermanos.

Ahora llega el reto final porque para mí marca el límite de mis aspiraciones, es el sueño siempre soñado hecho realidad. Más arriba sólo está ya el cielo azul y profundo de lo desconocido, el sabor insulso de lo inaccesible. Por fin tengo la oportunidad de correr el UTMB, la ruta por excelencia, el círculo mágico donde lleva años habitando el deseo, mi propio deseo. Contemplar sus paisajes, recorrer sus sendas, degustar sus sabores, aspirar sus intensos cielos, es regresar a ese paraíso primigenio, poder disfrutar del edén a pesar de nuestra congénita mácula. Es como empezar a dar esa primera vuelta que inició este largo camino.
Pero, como tantas facetas de nuestra vida, todo, hasta lo que más anhelamos, conserva en su interior la semilla amarga de la duda, la desazón del miedo a no alcanzar la mayor alegría cuanto más cerca estás de ella, esa aterradora rueda de lo que pudo y jamás llegó a ser que nos impide disfrutar siempre y en todo momento de lo tan largos años luchado. Un pequeño suspiro separa nuestro júbilo de nuestro fracaso y es el precio que tenemos que pagar por intentar alcanzar nuestro singular paraíso. Bienvenido sea. Escaso sacrificio para quien tantos hizo.
Pero, como tantas facetas de nuestra vida, todo, hasta lo que más anhelamos, conserva en su interior la semilla amarga de la duda, la desazón del miedo a no alcanzar la mayor alegría cuanto más cerca estás de ella, esa aterradora rueda de lo que pudo y jamás llegó a ser que nos impide disfrutar siempre y en todo momento de lo tan largos años luchado. Un pequeño suspiro separa nuestro júbilo de nuestro fracaso y es el precio que tenemos que pagar por intentar alcanzar nuestro singular paraíso. Bienvenido sea. Escaso sacrificio para quien tantos hizo.