25 de agosto de 2010

1ª Salida postG2H

Hoy, después de más de un mes parado en lo que a correr se refiere, he vuelto a darme un poco de cañita y reconozco que ha sido un gustazo. Desde que llegué el viernes el Peñón de Ifach me miraba con ojos melosos. Cada noche me ha gritado que quería reencontrarse conmigo, que volviera a pisar sus agrestes caminos y que la coronara de nuevo. Reconozco que me he hecho de rogar, pero la cama me deja baldado con un dolor de espalda insufrible, hasta hoy. Me he levantado a las 7:30, me he preparado y he salido trotando, lento, dejando que la brisa mañanera me acariciara y mirando el sol en lotananza, encíma de la línea del mar. He llegado a la base del Peñón y le he dado los buenos días, le he preguntado qué tal estaba y cómo había pasado el año. Me ha respondido que soy un remolón y que me deseaba desde mucho tiempo atrás, no me he hecho esperar mas y le he subido del tirón, hasta donde se podía correr. Según subía mejor me encontraba, el sudor empezaba a aflorar y el Peñón me ha respondido con un suave aire nunca más oportuno. Lo he coronado y le he abrazado. Nos hemos fundido en un abrazo de amistad y añoranza. He disfrutado de sus vistas y le he susurrado al oído que no se preocupara, que antes de partir hasta el siguiente año volvería a visitarle. La bajada ha sido enormemente gozosa, pues iba pletórico. He vuelto enamorado de la montaña y de nuestro deporte y he recordado el porqué. Y mil cosas mas que no olvidaré nunca, entre ellas a los locos. Os añoro.

3 superclases, 91 kms. y un fin de semana

6ª Parte

Ondo, ondo, oso ondo. Lasai. Nuestro camino continuó dirección Aizcorri y como no podía ser de otra manera, todo hacia arriba. Intercambiamos impresiones con nuestro nuevo compañero de viaje, le hablamos de los dos amigos caídos en el transcurso de la contienda y el nos habló de las veces que había intentado una ultra distancia y de cómo aún no había conseguido terminar. La Iru y alguna más habían podido con él, pero no con sus ganas y su moral. Algún día se impondría y luciría orgulloso la camiseta de Finisher. Qué decir que gracias a la charleta y casi sin darnos cuenta plantamos nuestros pies cansados a los pies eternos del “Segundo Grande del Goierri”: el Aizcorri.

Pasamos unas ruinas, desconozco de qué época, visitadísimas, por cierto, por gente a la que no la amedrentó el día nublado y frío que amaneció y se echó al monte. Ahora sin embargo el sol ya calentaba algo, lo justo, e iluminaba nuestro vagar, filtrándose por entre las ruinas y esquivando la enorme cresta de la montaña que en breve sería coronada. O eso esperábamos. Tras una ligera duda de por dónde subir y de nuevo a mano derecha, comienza la ascensión, algo técnica, con mucha piedra que superar. Fernan delante, abriendo camino. El corricolari le sigue y detrás, cerrando la comitiva, este humilde narrador. La cogemos con ganas y con fuerza. Nuestra respiración para nada acelerada insufla oxígeno a nuestros músculos. Con ímpetu conquistador mermamos la distancia hasta la cima. Ondo, ondo, oso ondo. Lasai. La cabeza se yergue vislumbrando por encima del empinado camino cuál será nuestro siguiente obstáculo a salvar. Oso ondo. En zigzag le vamos ganando espacio mientras ella nos va ganando tiempo. Es una lucha sin cuartel. “Tu pisarás mis jóvenes entrañas, pero yo pisaré tu moral; No te será fácil. No lo es para nadie que quiera atisbar el infinito horizonte desde mi alta cumbre, cuanto menos para ti, forastero” La montaña nos habla, pero nosotros la contestamos en forma de continuidad, sin parar de ascender, con una sonrisa en la cara que denota que la batalla la vemos ganada. No voy a decir que con las fuerzas intactas, pero sí que voy a decir que con la voluntad inquebrantable. Pero no todos vamos así, la montaña está pudiendo de momento con el corricolari, al que pasé hace algún tiempo y al que ahora que me vuelvo para preguntarle cómo va y no consigo ver. Grito su nombre y el silencio es el único que me contesta. Oigo la nada. Miro hacia arriba y allí está la figura desgarbada e infatigable del viejo Fernan. Adueñándose de la ladera continúa con paso franco arañándole distancia. La montaña a cambio nos roba tiempo. Ondo, ondo, oso ondo. Lasai. Cumbreamos lo que parece la cima, pero no, bajamos otro poquito y de nuevo a subir. La subida: preciosa. Es técnica y dura, pero preciosa. La niebla nos imposibilita ver muy allá, lo suficiente para hacernos una idea de que aún nos queda algo y del que está adelante, o atrás. Fernan y yo ya hemos comentado la pérdida del corricolari, ¿qué será de él? Pronto lo sabremos, dejemos a la historia que sea la que nos de sorpresas. Pase misí, pase misá, de pronto y sin aviso, aparece ante nosotros una pequeña hermita y en ella, abrigados como en pleno invierno, unos siempre anónimos voluntarios con el control de dorsales. Nunca será lo suficientemente bien agradecida la labor de éstos. Sin ellos nosotros no disfrutaríamos igual de la prueba, simplemente porque la prueba no existiría. Cumbreamos y ganamos la batalla. Pero la montaña se tomó la revancha con una espesa niebla que no nos permitió disfrutar de las verdes tierras Gipuzkoanas. Ahora ya “sólo” queda bajar hasta el próximo avituallamiento, el penúltimo.

Bajamos bien. Fuerte. Nos encontramos pletóricos. Sin querer adelantarnos, vemos que podemos acabar en tiempo y apretamos el ritmo. La bajada bastante técnica también. Pisando todo el rato sobre piedras afiladas de una roca descarnada y aún joven. Picuda, agreste e irascible se nos antoja liviana. Será porque le vemos punto y final, aunque aún queda mucho, quedan casi treinta kilómetros por delante y alguna que otra ascensión. Mientras bajamos unos chavales que habían subido a darse un garbeo nos pisan los talones y, al menos a mí, nos hacen ir algo más rápidos aún. Nos preguntan y se asombran. Entre ellos cuchichean y porqué no decirlo, a mi se me hincha el pecho como al gallo Claudio. Comentan que alguna vez querrían hacer una prueba similar, aún no les hemos dicho la distancia que llevamos ni la que nos queda, sólo el tiempo empleado en llegar allí. Luego quizá cuando conozcan todos los pormenores se lo pensarán algo, pero no mucho, que para algo son vascos y con ellos nada puede.

Baliza tras baliza vamos dejando atrás la cima. Lo que no dejamos atrás es esta caprichosa niebla que nos hace la puñeta impidiéndonos contemplar la lejanía. Tras un largo rato de descenso y para que no se acostumbren mucho las piernas a eso de bajar, tras dudar por no encontrar la siguiente baliza y preguntarles a los chavales que dónde quedaba el pueblo, miramos hacia arriba y allí está impertérrita, esperándonos para decirnos que el camino se torna pino de nuevo. Después de esta fulgurante bajada tomo la subida con ganas y aquí será donde el cuerpo me diga por primera vez que no gaste muchas fuerzas en hacer más locuras, que todo tiene un límite y que no debiera acercarme al mío. Le pido a Fernan que aflojemos un poco, porque él como siempre parece que acaba de empezar a correr, y trotiandando (la verdad es que más trotando que andando) vamos pasando baliza tras baliza, masticando niebla, continuando el sube y baja para posteriormente bajar y bajar y, como el que no quiere la cosa y sin avisar, nos presentamos en nuestro siguiente avituallamiento, oculto en medio de la espesura del bosque, alivio para nuestros pies cansados. Desconozco qué avituallamiento era, ni punto kilométrico y llevamos muchas, muchas horas en nuestro empeño. Pero se acerca el final.

23 de agosto de 2010

Estamos de vuelta...

Hace ya más de un mes que terminamos con la temporada, no sé si por el esfuerzo realizado para llegar en condiciones a Beasain o por el fracaso en no haber terminado la carrera ha sido un tiempo complicado. Un tiempo en el que me he encontrado físicamente vacío y mentalmente agobiado, con multitud de altibajos, ya sabéis, pasar de hacer el Camino de Santiago corriendo a no querer-poder ponerse las zapatillas para dar una vuelta a nuestra Dehesa.






La salida de ayer fue mágica, un reencuentro con los Locos y con el monte, la doble A aparece de nuevo y de repente las piernas dejan de pesar como losas, las cuestas te llaman a esprintar, los dolores se olvidan, sientes como esa sonrisa esquiva que tenías que forzar aparece sin esfuerzo…



Y se vuelve a disfrutar, a entender el porqué de aquella pregunta que tantas veces te repiten, esa de… y tú ¿por qué corres? En poco más de tres horas recorres calles, caminos y senderos, atraviesas praderas, surcas viejas carreteras con inolvidables miradores, charlas con Prisillas, asciendes puertos, das caña a Fernando, subes peñas, disfrutas viendo la fuerza de Chema y el tesón de Carlos, bebes de frescas fuentes, bajas entre piedras, tierra y árboles… ¡qué más se puede pedir!


15 de agosto de 2010

Así acabo la Goi...

Mientras esperamos el final de su crónica, tan larga como la carrera en sí, quisiera enseñaros como fue el verdadero final...

14 de agosto de 2010

3 superclases, 91 kms. y un fin de semana

5ª Parte

Nada más abandonar el avituallamiento de Etxegárate se acerca una bella joven a preguntarnos sobre cómo llegar a éste y si no es por mi cortesía nos la perdemos (Fernan, como siempre, seguía y ni se había percatado). El par de corricolaris van algo por delante de nosotros, pero en seguida tras pasar por un túnel y girando a la derecha llega una subida que nos permitirá alcanzarles y ponernos a su altura. A partir de aquí existirá una coña todo el rato que se hará cierta hasta casi el final, nosotros les cogemos y pasamos en las subidas y ellos nos alcanzan y pasan en las bajadas. Será un continuo intercambio de posiciones. Rápido nos internamos de nuevo en la naturaleza y como nos sentimos fuertes y con ganas trotamos casi todo el tiempo, intercambiando opiniones de cómo hemos visto a Prisi y a Mavegam, del devenir de la carrera y de lo que más nos preocupa en este momento: llegar al avituallamiento de Mutiloa, último control de paso.

No hay mucho destacable, salvo que en un momento determinado me puede mi parte sensible y le confieso a Fernan el motivo que me ha impulsado a continuar y la razón que me está permitiendo verlo todo bajo un prisma tan positivo, pero esto no lo revelaré hasta la última parte (permisos que se toma el escribano).

Seguimos subiendo a buen ritmo, de vez en cuando tengo que parar un poco a Fernan, que va como una moto y me saca de punto. Casi todo el rato el camino tira para arriba, pero es precioso. Se tornan los distintos colores de verde con un cielo que va pincelando de azul lo que la niebla perezosa va permitiendo entrever. La temperatura aumenta poco a poco, aunque aún hace algo de frío y el terreno no es muy técnico, aunque aún encontramos barro en algunos tramos, que nos obligan a disminuir la marcha y poner especial precaución. Fernan se deshace en consejos de montañero harto experimentado, hasta que allá, al fondo, en lo alto, nos espera de nuevo su amigo para compartir con nosotros un tramo y darnos ánimos y charleta. Estos encuentros saben a bocadillo de chorizo con choped (me encanta el chorizo con choped), porque nos alivian la carga psicológica, nos ayudan a evadirnos de lo que llevamos y nos distraen de pensamientos malignos. Para no variar, seguimos cuesta arriba y de nuevo tengo que frenarles los pies a los dos montañeros, porque tela como andaban de rápido. Por cierto, jamás vi gemelos semejantes a los del amigo de Fernan (perdona Fernan, pero no consigo recordar el nombre de tu amigo, siempre fui malísimo para acordarme de los nombres, juraría que es Antonio, pero casi seguro que no). Un poco más arriba y tras posar para una foto al llegar al final de una cuesta de esas que duelen, está también el padre del amigo de Fernan y tras saludos y demás hablan del caserío del padre del amigo de Fernan y de la familia que vive en el caserío del padre del amigo de Fernan (un palo en el ojo de una rana … en el fondo de la mar). Unos metros más adelante y antes de continuar por una cuesta pina, pina (otra más), nos despedimos de la compañía del amigo de Fernan, tras unas breves explicaciones de lo que nos depara hasta subir el Aitzgorri, para continuar hasta el próximo avituallamiento en San Adrián. Otra foto más y cuesta pa’rriba, nos vamos cruzando con gente hasta que de nuevo coronamos, giramos a la derecha y bajamos otro tramo, para cruzarnos abajo con una voluntaria que para mí fue la más guapa de toda la carrera. ¡Qué ojos más bonitos! Era preciosa, sencilla, sin exuberancias, como a mí me gustan. Esto nos dará para otro rato de conversación.

Pasito a pasito, poco a poco, llegaremos a San Adrián, donde nos reciben entre aplausos y sidras, que muy gustosamente habría tomado pero declinando la oferta prefiero tomarme un cafetito caliente, más palmeras de chocolate y un sándwich de jamón york. Como callado no puedo estar durante mucho tiempo, entre conversaciones sobre que si el primero de la Ehunmilak se ha retirado, sobre lo que nos espera, sobre si ya tiene mérito lo que hacemos, sobre la noche que hemos pasado en el Txindoki,… me encuentro con un voluntario la mar de simpático que se fija en nuestra camiseta de “La Traga” y me pregunta que si somos de Villalba. “Pues sí señor, del mismo Collado Villalba”; “Pues yo voy todos los años a Villalba a los toros, porque mi hija vive en Valdemorillo. Además, este sábado que viene, que son las fiestas, voy a ir”; “Pues a ver si nos vemos, que yo no me los pierdo por nada del mundo”. Extraordinariamente, a la noche cuando vayamos a cenar me lo encontraría de nuevo con un amigo de Prisi en el mismo bar que cenamos y continuamos charleta.

Entretanto llegan el par de corricolaris cuando ya nos disponíamos a marchar, con lo que saludos, que: “si como ahora es cuesta arriba cómo tiráis, pero esperaos a la cuesta abajo que os vamos a dar para el pelo” y tras hablar con otro corricolari que había allí y que me comenta que se le estaba haciendo durísimo ir solo, pues nada: “te vienes con nosotros y listo”. Marchamos otra vez cuesta arriba entre vítores y ánimos, vacile con uno de la cruz roja y enfilamos camino de subir el Aitzgorri, segundo grande del Goierri y último escollo a salvar. O al menos eso pienso en ese momento. Si supiera lo que vendría luego me habría ahorrado el pensamiento. Estamos en el km 59 y llevamos algo más de 13 hrs en plena faena, casi nada.